Segóbriga es el más claro
ejemplo de la progresión social y del desarrollo urbano
en la Meseta sur en época romana. Citada en las fuentes
antiguas en el marco de las guerras de los siglos II y I a.C.
y definida por Plinio como extremo de la Celtiberia, las evidencias
de su etapa prerromana son muy débiles y se reducen
a algunos objetos descubiertos en contextos arqueológicos
posteriores y a unas pocas monedas.
Segobriga se sitúo sobre un cerro
de poco más de 10 hectáreas, por lo que, para
adecuarse a una ciudad romana, hubo que recurrir a explanaciones
y aterrazamientos, en lo que los arquitectos romanos tenían
gran experiencia. La población se rodeó de la
muralla, símbolo de su nuevo estatus de municipium.
Para hacerla más impresionante se alzaron tres puertas
monumentales que se abrieron en la muralla: la puerta norte
entre el anfiteatro y el teatro, otra al oriente, flanqueada
por una gran torre octogonal y, una tercera, al occidente.
A ambos lados de la vía de entrada por la puerta principal
se construyó un teatro y un anfiteatro, destinados
a las grandes fiestas y actos colectivos.
Su situación extramuros permitía aprovechar
mejor el espacio interno y la pendiente de la colina ahorró
mucho esfuerzo constructivo.
La puerta norte daba a una calle principal norte-sur o kardo
maximus que constituía el eje de la ciudad y de la
que salían las calles transversales en sentido este-oeste
o decumani. Nada más atravesar la puerta principal
de entrada a la ciudad se construyó el foro, formado
por una gran plaza enlosada y rodeada de pórticos y
de los monumentos urbanos más significativos, como
la curia y la basílica. Frente al foro, al otro lado
de la calle principal norte-sur, se alzaba el templo dedicado
al culto imperial, situado entre dos decumani. Tras este templo,
la manzana siguiente la ocuparon unas grandes termas monumentales,
que llegan hasta la muralla por el lado oeste y cuyos restos
ha reutilizado una ermita.
La parte más alta, muy destrozada por la construcción
de un castillo árabe, debió ser la acrópolis
o ciudadela de la ciudad, desde la que se controla todo su
perímetro y el bello paisaje de los alrededores. Pero,
además, una parte del solar de la ciudad estaría
cruzada de calles con casas y tiendas o tabernae, en su mayoría
actualmente todavía no descubiertas, pero que futuras
investigaciones permitirán conocer cada vez mejor.
Todo este conjunto de muralla, monumentos públicos
civiles y religiosos y de casas y negocios estaba armónicamente
situado en medio de un paisaje, imagen del amplio territorio
del que la ciudad era el centro ideológico y social
y al que le unían las vías que, de forma radial,
salían desde la ciudad y la enlazaban con las restantes
ciudades del Imperio y con su capital, Roma, de la que toda
ciudad romana se consideraba copia e imagen.